Un tópico recurrente en las teorizaciones sobre identidad es el relativo a la identidad a través del tiempo. Nos sentimos naturalmente inclinados a pensar que, pese a los cambios que nuestro cuerpo experimenta desde que nacemos hasta que morimos, seguimos siendo siempre los mismos. Pero bien podemos preguntarnos qué es lo que nos confiere identidad y asegura que efectivamente lo seamos.
Locke sugirió que es en la memoria donde se cifra, en última instancia, nuestra identidad
personal. Aunque su tesis recibió múltiples impugnaciones, no deja de ser una de las referencias en el tema. Hume, por su parte, como es sabido negó rotundamente la existencia del yo,
como si de un mero resabio dogmático se tratara. Según él, lo que llamamos yo no es más que un haz de percepciones, y no existe esencialmente.
Mi intención es referir sucintamente la llamada paradoja de Teseo (tratándose de objetos inanimados, el problema relativo a la identidad naturalmente subsiste). Supongamos que Teseo, eminente rey ateniense que dio muerte al Minotauro, parte en barco rumbo a Creta para acometer una misión. Supongamos, además, que el viaje es todo un éxito pero que, al regresar, advierte que su nave requiere de algunas reparaciones menores, en virtud del desgaste producido por la misma navegación. Consideremos que Teseo tiene sólo un barco y lo usa regularmente. Los arreglos se tornan entonces periódicos, pues la prudencia exige repararlo asiduamente a fin de evitar inconvenientes.
Ahora bien, supongamos que pasaron diez años desde que la nave surcó por primera vez los mares y que, al cabo de todo ese tiempo, la mayoría de las piezas originales del barcos fueron reemplazadas; más aún, que sólo queda del original el timón, o ni siquiera eso. En tal caso, ¿podemos afirmar que el barco sigue siendo el mismo? Si es así, ¿qué lo convierte en tal? ¿qué es aquello que le confiere identidad? ¿acaso la intención humana? ¿el bautismo inicial al que fue sometido? ¿o la materia (la madera y los restantes materiales) de la que está hecho (en cuyo caso, nada quedaría del original, evidentemente)?
Éste es quizás uno de los tópicos más interesantes en cuestiones de identidad a través del tiempo, junto al famoso dictum heraclíteo del eterno fluir de las cosas, y también, pero en un sentido diferente, a la paradoja de Sorites.
Fuentes:
John Locke, Ensayo sobre el entendimiento humano, FCE, 1999
Roderick M. Chisholm, Person and Object: A Metaphysical Study, Volume 5, cap. 3







